viernes, 19 de mayo de 2017

El delito de documentar una dictadura


La puerta no cerraba. No tenía la llave. Me quedé allí conteniendo la respiración. Anhelando que mi corazón no latiera. Los segundos se hicieron eternos. Y entonces pensé en apoyar la carretilla y ajustarla. Funcionó. Tenía que alejarme de esa puerta. Escuchaba las voces y el ronco acelerar de las motos en el portón del estacionamiento de mi calle ciega.

Temía que derribaran la reja.

Logré esconderme en el cuartito donde ya estaban mis primos. Esa segunda puerta tampoco cerraba. Apenas respirábamos. Mi primito veía el celular. "¡Apaga esa mierda, coño!" ladré. Le pedí a mi prima que rezara. Me concentré en escuchar y apagar todos mis sistemas -yeah right- para que la adrenalina no nos delatara. Olía a basura y desinfectante. Y el espacio era mínimo. Sujetaba la puerta y sabía que si abrían la primera no habría forma de escapar del arresto. Pensé en mi gato que estaba afuera pero él es experto en esconderse. Se escuchaban voces de hombre cada vez más cerca. O eso me pareció.

Estábamos en el estacionamiento cuando los ví minutos antes: una camioneta Hilux blanca blindada y 2 motos. O ¿eran 3? No estaba segura. De inmediato, les dije: "¡Vénganse, vénganse, venganse!" Ellos tardaron en reaccionar. Nos agazapamos.

El hombre de la moto había cumplido su amenaza: mandar al Sebin a buscarme. La había hecho media hora antes cuando descubrió que le había tomado varias fotos mientras él grababa la vanguardia en retirada de los muchachos en #Resistencia No me la hizo a mi, sino a mis primos y vecinos: "A la rubia que está tomando fotos" .Decía que yo no era reportera y que vendrían por mi. Creo que lo que le indignó fue mi actitud. Cuando me miró de frente le hice un saludo militar y me fui. No me asusté. No me intimidé. No bajé la cabeza.

Y creo que ese es el punto; que la mayor parte de este país -si alguna vez lo hizo- ya no está dispuesta a seguir bajando la cabeza. Que el atropello desde el poder político y económico de la Revolución ha sido tan grave, sostenido en el tiempo y devastador que ahora la única vía posible es erguirse. Y desafiar.

Me escondí, por supuesto. Me asusté, sin duda. Pero la terca convicción de que como periodista y ciudadana no estoy cometiendo delito y no tienes derecho a venir a buscarme, prevaleció. Estoy documentando. Si lo que tú estás haciendo mientras yo documento te incrimina, esa es tu consciencia, tu responsabilidad penal, no la mía. 

Yo estoy haciendo aquello para lo cual la sociedad en la que crecí me formó; contar lo que sucede en la calle. Que lo haga de manera independiente no significa ninguna diferencia. Soy periodista desde 1989. De una generación ucabista que ha llenado de orgullo nuestra #almamater

Y me preguntó, tú, el represor, el de Inteligencia, el perseguidor, el que llegó a la puerta de mi casa con refuerzos: ¿qué estabas haciendo tú en 1989? ¿Pensaste alguna vez que usarías una videocámara para perseguir a tus adversarios políticos? O ¿tenías problemas vocacionales? ¿Eso es la Revolución para ti?

Y, para que conste, lo aclaro a todos aquellos que se angustian porque quizás me expongo demasiado y no lo comprenden: No estaba en la vía pública. No tengo máscara antigás ni casco ni escudo ni molotovs -que tampoco es delito, por cierto- sólo una cámara y una libreta. Estaba en la propiedad privada en la que crecí. 

Sólo tuve un gesto altivo. De dignidad y desafío. Y los volveré a tener. Nadie tiene derecho a perseguirte, arrestarte, torturarte, desaparecerte o amenazarte porque documentas.



Bueno, claro, sabemos que eso sucede en dictaduras.

Y en guerras.

lunes, 15 de mayo de 2017

Niños en Resistencia

NIÑOS EN RESISTENCIA
Eran 5 niños y 2 niñas. Se arremolinaban alrededor del carrito de helados. Una mujer, por minutos madre prestada, había hecho una de las promesas más importantes que se le pueden hacer a un niño: "yo brindo los helados". El más grande de los varones, de unos 12-13 años, dirigía y apaciguaba el concierto de gritos, seleccionaba los sabores y los entregaba. Las dos chicas, pre-adolescentes tenían el rostro apenas cubierto y las ropas sucias. Un pequeñito, que llegaba tarde a la fiesta, comenzó a halarle la franela a aquella mujer: "señora. señora, bríndeme un helado". Si, claro, contestó ella con cierto azoro.
El de la capucha verde, con cicatrices de vacunas y una barriguita "pandeada" ya había recibido su premio. Un helado entre amarillo y marrón que devoraba con placer. Y, de pronto, sentí un alivio mínimo. Es cierto, el piquete de la GNB, las ballenas, los escudos antimotines, las bombas estaban por empezar su jornada de represión. Pero, al menos por un rato, había helado y oraciones y bendiciones y cariño para esos niños. Los #NiñosdelaResistencia
Esos niños que descalzos, sucios, vulnerables, casi invisibles, se encapuchan quizás pensando que es un juego o quizás sabiendo que la Revolución, lo único que han conocido, les debe mucho más que un helado.
LA NORMALIDAD
Hace semanas escudriño mis fotos. Y las de los extraordinarios reporteros gráficos que tiene Venezuela. Y las de quienes, sin ser periodistas, ni fotógrafos ni reporteros, se atreven a sacar sus cámaras y celulares y documentan. Y veo los rostros de la protesta. Y los de la Represión. Es curioso. Mucho es el parecido.
Los rostros de los GNB, por ejemplo, son de venezolanos criollos, ese moreno canela con ojos café. O ese con cara de gocho de ojos achinados y cachetes rosados. Son jóvenes. Mucho menos que la Resistencia, pero lo suficiente como para recordar que poco vivieron de la Cuarta República que ahora parece una entelequia.
Me obsesiona tratar de comprender ¿por qué? ¿Por qué alguien tan parecido a mi se siente tan diferente? Lo suficiente como para concluir que soy su enemigo y debe exterminarme como a un insecto rastrero: fumigándome. O baleándome. O atropellándome. O torturándome.
No me convence el argumento del bono en efectivo.
Si. Me aflige y me obsesiona qué sucede del uniforme hacia adentro.
Y pienso en el concepto de normalidad. O sea, ¿todos somos "normales" hasta que nos dan un poco de poder? O ¿todos somos "normales" hasta que nos dan un uniforme y un morral lleno de lacrimógenas? ¿Todos somos normales hasta que nos encapuchamos?
No sé.
Estoy pensando en voz alta.
Creo que esta situación, obviamente, no tiene nada de normal. Por eso seres "normales" nos transformamos en monstruos en segundos.
Quizás.
El otro día, en la azotea de mi edificio, mi hermano se estrenaba en esta ola de protestas. No había visto a los GNB apoderarse de la Autopista ni bombardear nuestro edificio. Yo fui la primera en decirle cuando intentó lanzar un primer y tímido insulto: "No grites que después nos fumigan". Uno a uno los vecinos se sumaron: "Si. No tienes experiencia. Ya estamos entrenados. No hay que gritarles".
No habían pasado más de 10 minutos de estas exhortaciones cuando un GNB empezó a pelear con uno de mis vecinos. Y todos pasamos, -como un Ferrari-, de absoluta normalidad y compostura al griterío feroz de una turba que está dispuesta a destrozar a quien venga.
El GNB se bajó de la moto. Hizo el ademán de subir. Nadie se rajó. Le gritamos más duro. Buscó algo en un bolso. Yo pensé que sería un revolver, algo más letal. Pensé que si decidían subir no habría hacia dónde correr. Pero no nos intimidamos. Llegó un punto en que mi vecino le gritó: "Ven y pelea con estas dos a ver si tienes bolas". Por supuesto que yo estaba entre "estas dos". Proferí insultos que ni siquiera sabía que sabía.
El GNB lo pensó.
Se fue furioso.
Pero antes disparó 1 bomba lacrimógena en la azotea. Directo contra nosotros que, técnicamente, sólo insultábamos. Se montó en su moto. Iracundo Pero regresó. Del otro lado de la Autopista. Intentaba llevarse a unos manifestantes atrapados en una de las calles de atrás. Gritamos a todo pulmón para defenderlos. Lanzó la segunda bomba y mi hermano casi se asfixió. Pura pimienta. Yo le gritaba: "no corras, no corras". Iba dando tumbos, ciego, chocando contra las columnas. Yo iba detrás de él con apenas un ojo abierto, Polifemo vigilante, para que él no se hiciera mas daño. Le di el Maalox.
Y me miró con cara de estupor.
Si, está desentrenado.
LA NOCHE.
Horas después, ya de noche, salí a dar una vuelta de reconocimiento por Los Chaguaramos, Santa Mónica, Bello Monte, Las Mercedes, Chacao, Altamira, Los Palos Grandes y El Rosal. Algunas barricadas aún ardían. Se notaba la batalla de horas antes. Y entonces observe un piquete enorme resguardado, oculto en la oscuridad en el Distribuidor Altamira. Asechando. Apenas unos metros más allá los ví: 3 muchachos de Resistencia solos a las 9 de la noche defendiendo una barricada.
Me acerqué. Conversé con ellos. No tendrían más de veinte. Y me fui con una angustia de madre. Yo, que nunca he parido, estos días soy madre de todos esos muchachos. Son mis hijos. Nuestros hijos. No logro evitarlo. Los padezco, los sufro como si fueran mis muchachos que aún no han regresado a casa. Ando con el corazón en la boca cuando los veo. Con sus escudos. Con su convicción. Con su derecho a la protesta y a soñar un país mejor. No sabía que esa mamá habitaba dentro de mi. Supongo que así nos sentimos todas, Las que parimos y las que no.
Sólo digo: no permitan que esos, nuestros hijos. Mis hijos. Los que tienen casa y los que viven en la calle, se sientan solos en su lucha. Acompañémolos. Es imperdonable que 3 muchachos con apenas una capucha, un escudo y un par de molotovs estén solos peleando esta pelea. Hay que estar. Ser responsables. Son nuestros hijos.
Nuestros hijos solos en un toque de queda de facto. En un Estado Marcial que ni siquiera aspira ya a disimularlo.

Un poco de respeto

No soy una persona que se ofenda fácilmente. El orgullo o el alto ego no se cuentan entre mis defectos. Podría decir que soy "dura de ofender". Pero en este momento me siento absoluta y gravemente ofendida.
Al parecer, hay un chiste rodando en redes de "No conseguí tal cosa ...¡Oh, Dios. Somos Venezuela!" Quizás es la invención de uno de mis contactos a quien tengo en alta estima. Quizás es algo que se ha extendido en redes. No lo sé. Y no tengo el estómago para averiguarlo.
Sólo quiero decir, reiterar hasta el cansancio, a todo estúpido e insensible que mira la situación desde lejos y le parece risible. Lo que vivimos hoy en día en Venezuela es grave. Gravísimo. Es una Dictadura en alianza con el Pranato y el Hampa común y con la mirada complaciente de fuerzas militares y transnacionales sólo interesadas en saquear el país.
Si. Hay problemas para conseguir pasta dental. Si. Hay problemas para conseguir alimentos. De casi cualquier tipo. Si. Se muere mucha gente por falta de medicinas. Y, si, sobre todo, se muere mucha gente asesinada. Por represión.
¿Eso les parece gracioso? ¿Hay algo divertido en ver a un país hermano padecer hasta que la Rebelión y la dignidad es la última salida válida?
En los últimos 35 días han asesinado a 34 de nuestros hijos. Jóvenes. Estudiantes. Músicos. Adolescentes. Nuestro futuro. Nuestro semillero de gente noble, buena y brillante. Porque duélale a quien le duela: somos gente brillante.
Somos un pueblo que está viviendo un proceso duro. Oscuro. Difícilísimo. Burlarse es como darle patadas a un herido. Y, sin embargo, tenemos la estatura moral, la entereza de ponernos de pie y levantarnos valientemente para decir: NO. Y estamos en la calle sabiendo que cada día que atravesamos las puertas de nuestras casas puede ser el último.
Así que tengan más respeto. Esten a la altura de sus hermanos latinoamericanos.

Invisibles

El niño invisible.
Él estaba de pie en el medio de la Autopista Francisco Fajardo. Inmundo. Descalzo. Con unos shorts raídos y una expresión dulce y suave en su cara de niño de no más de 12 años. La multitud de manifestantes con sus gorras tricolores, sus banderas, sus pancartas, no parecía notarlo. Tampoco lo veían los vendedores de agua, los heladeros, los de "¡Dale Chester, dale Chester!"
Él, ahí, sólo, con sus pies desnudos plantados en el pavimento pidiendo algo de comer. Me detuve en mi afán quizás medio minuto. Saqué 2 ó 3 billetes de 100 y se los dí. "Toma, papá. Dios te bendiga". Se le iluminó el rostro. Sonrió desde dentro con una alegría incomprensible para alguien que parece invisible y me dió las gracias. No me atreví a tomar la foto.
Él, sin máscara antigás, sin pañuelo, sin maalox, sin ningún tipo de soporte, descalzo en la autopista. Tenemos que verlo. Tenemos que notarlo. Hasta que no lo hagamos Venezuela no será el país que soñamos.
Ni siquiera pregunté su nombre y ahora me lo pregunto. Me mortifica. Pero seguí con la marea humana porque estamos en Rebelión para ver si podemos cumplir las promesas que la Revolución no cumplió: sacarlos de la calle, cuidarlos, nutrirlos, darles un presente mejor y el futuro que quieran elegir.
La sopa se enfría.
La gente huía despavorida aunque los gases se veían lejos. Se sentía el picor en los ojos, el ardor en la garganta, la cáustica sensación que te hace toser y buscar a tientas l pañuelo para humedecerlo con Maalox o bicarbonato. El colapso, deliberado o no, generado por los conductores empeñados en pasar por una vía a todas luces trancada por una enorme cantidad de gente.
En el restaurancito de la esquina la televisión estaba encendida. La iluminación era cálida. La puerta estaba abierta. Las mesas estaban casi llenas. Él, de lentes y camisa de cuadros azules, se concentraba en su plato. No miraba hacia afuera. Levantó la cuchara y asintió. La sopa estaba deliciosa. No estaba fría. Lo miré con tal fijeza que subió la mirada. Una fracción de segundo me miró pero no vio nada. No pude evitarlo, mi desprecio era casi tangible. Quizás la sopa de la indolencia ya estaba fría.
La risa de la GNB.
Unos metros más allá, en la esquina siguiente, se detuvo el tráfico de Sur a Norte y en medio de la gente que huía comenzaron a pasar las motos de GNBs. La gente, enardecida, los insultaba, un trío de oficialistas le grita a la multitud: ¡callense, callense! Y, discretamente, huyen hacia el ävila. No porque estén amenazados físicamente. Quizás porque se saben minoría.
En medio de la furia y los gritos una GNB que va de parrillera se voltea hacia la gente, sonríe. Ella sonríe. Con sus labios rojo fresa y sus ademanes femeninos envueltos en el uniforme represor, ella sonríe. Se atreve a reirse de la furia de la gente.
Es algo bueno que andaba en moto. Es una bendición que e aleje. Porque si de un lado hay comportamiento de pandilla, de mercenarios. De otro lado los ánimos no están como para burlas.
En mi mente el martilleo: ¿De qué se ríen los GNBs? Por qué baila el Presidente? ¿De qué se ríen los victimarios? ?Qué es tan divertido acerca de ejercer el poder con saña, maldad, villanía? ¿Acaso reprimir y torturar es divertido?
Ni siquiera en Tiannanmen.
Ayer. En Altamira. Alguien, a bordo de una tanqueta, decidió que el control del orden público implica pasar con una tonelada -o más o menos- de metal por encima de otro alguien que protesta y sólo te amenaza con molotovs, piedras y la férrea convicción de que estás equivocado.
Durante una hora terrible, pensando que el chico ha muerto, me sumo en un estupor abismal. En un pasmo que casi no me permite respirar. El muchacho sobrevive. Me cuentan que lo arastraron los panas y lo salvaron del horror. Pero la vocación asesina sigue allí, a bordo de una tanqueta, enfundada en un uniforme.
Ni siquiera en Tiannanmen e atrevieron. Ni siqiera en la República Popular China en 1989 la tanqueta, el hombre dentro de la tanqueta, se atrevió, osó pasar por encima de ese manifestante famélico que lo detuvo con dignidad.
La jaula, la enfermedad:
La pancarta que lo resume todo: "Los pájaros que han vivido toda su vida en jaulas creen que volar es una enfermedad"

Un mapa para la Historia

Quienes me conocen bien saben que no soy persona de andar diciéndole a los demás qué hacer o qué dejar de hacer. Creo que esa es una de las razones por las cuales he sido free lance gran parte de mi carrera, luego de pasar por redacciones de periódicos, revistas, radios y televisión. Me resulta muy restrictiva la visión del periodismo estrictamente desde el medio. Me gusta más la libertad de trabajar para diferentes medios y la posibilidad de siempre avanzar en una agenda propia por vocación.
Bajo esa premisa, quisiera detenerme en varias consideraciones sobre el Periodismo actualmente en Venezuela.
El sólo concepto del reportero ciudadano me producía grima. Durante un buen tiempo me resultó la forma más clara de desprofesionalización de nuestro oficio. Luego vinieron las escuelas de Comunicación Social en universidades bolivarianas cuestionables, en las cuales no se le enseñó a muchachos muy jóvenes que la esencia del Periodismo es hacer contrapeso al Poder. Lo lidere quien lo lidere.
Simultáneamente, se produjo la implosión de una serie de medios de comunicación nacionales para doblegarlos a la autocensura o a la genuflexión. Mientras más brillantes y comprometidos los equipos humanos, más placer encontró la Revolución en fragmentarlos. Hubo que migrar a las plataformas digitales y se produjo la explosión de las redes sociales en el país. Eso ha generado una serie de medios con perfiles propios que generan un periodismo dinámico y de una gran diversidad. Por supuesto que también florecieron los medios pro Revolución y la gigantesca máquina propagandística que se sostiene en la idea de que el país está feliz.
Para llevarnos a la indefensión que, como periodistas y como usuarios de medios, vivimos hoy: mientras más brutal la represión en la calle, más bonita la comiquita o telenovela en la televisión nacional.
Pero, el que sale a la calle, -la mayoría de los venezolanos hoy en día, pues quien se queda en casa no come- sabe que el país no está feliz. Sabe que el pan se está usando como arma de control social y la acción libre del hampa también. Y en el breaking point histórico que nos encontramos, el silencio de los medios nacionales de señal abierta, el bloqueo de medios internacionales, la expulsión sistemática de enviados extranjeros y la dificultad de acceder a la información inmediata y fiable, agravan nuestra indefensión como usuarios y ciudadanos. Es aqui donde el silencio, sumado a la desinformación de laboratorios de guerra sucia, se constituyen en el mecanismo perfecto para aislarte y desarticular la protesta ciudadana.
Sigue sin gustarme la figura del reportero ciudadano -soy vieja guardia, old school- pero creo que hay que hacer una valoración más justa de ella. Cada uno de nosotros se ha convertido en testigo de una historia colectiva que merece ser contada desde los detalles mínimos de dimensión humana hasta los datos puros y duros de la reportería diaria.
A lo que me refiero es a que me parece inoportuno, y hasta contraproducente, plantear que sólo los periodistas -contratados en este momento, además- son los que pueden contar esta historia. Creo que no. Esto es mucho más grande. Y planteárselo en esos términos es desconocer la realidad laboral del gremio en nuestros días. Y creo que si todos, -responsablemente, verificando, triangulando-, armamos las piezas de esta historia, tendremos un mapa completo de lo qué pasó y podremos dejarlo como memoria. Contar todas esas historias de ciudadanos anónimos que vencieron el miedo y se enfrentaron a un Estado que decidió no sólo invisibilizarlos sino exterminarlos.
Y esto aplica también para el Fotoperiodismo. Ver la historia que estamos viviendo sólo a través de los lentes de las agencias de noticias y medios grandes sería un error. Hay mucho pasando al mismo tiempo como para que un puñado de fotógrafos extraordinarios pueda cubrirlo todo.
Así que mi postura es, estemos allí todos para contarlo, para hacer este mapa. Puede que esté equivocada. No digo que no, Pero creo que la Historia se cuenta tan bien desde las cartas íntimas de un soldado como desde las primeras páginas de los diarios.

Las trampas

Yo estoy preocupada por algo desde ayer y no sè cómo procesarlo o transmitirlo sin caer en linchamientos 2.0 ni cometer errores de análisis graves en momentos críticos. Sin embargo, siento que si no lo expreso la cifra de muertes puede aumentar por la ingenuidad e impericia de algunos manifestantes.
Ayer cerca de la 1 y media 2 de la tarde se levantò una barricada grande en la Autopista entre El Rosal y el CCCT. Echaron aceite en el pavimento con potecitos de PDV, -no con el barril azul que luego rodaron entre varios-, quemaron unos cauchos de camión y pusieron una guaya o cuerda entre dos de los postes. Es cierto que había muchachos encapuchados que estaban ayudando con los cauchos y el barril pero, tambièn es cierto que había unos hombres adultos con rostro descubierto que también echaron aceite y que luego, asombrosamente para mi, conversaban muy cómodos, tanto con colegas de Prensa como con la PNB.
Cuando se empezó a montar la barricada las cámaras ya estaban listas allí. La PNB no hacía nada. -Los bomberos no hicieron nada hasta las 9 y media de la noche-. Pasó un vehículo oficial, pasó también una ambulancia, y, además, había motorizados tanto de la Op como otros en una actitud que normalmente se asocia a los "colectivos".
La verdad a mi todo me pareció un montaje, una trampa en la que algunos encapuchados inexpertos estuvieron a punto de caer redondos. De hecho, hacia las 6- 6 y media de la tarde vinieron otro lote de muchachos en Resistencia que se preguntaban quién les había armado la barricada. . Esto pasó después del incendio de los vehículos de la Alcaldía debajo del puente cercano al CCCT.
Los vecinos estábamos muy preocupados. Uno de mis vecinos me propuso ir a echar tierra, yo fui sin dudarlo -hoy me duele todo el cuerpo por eso, a veces se me olvida lo de ser mujer-. El chico de Traffic Center me ayudó y eso, si bien no calmó el fuego ni logró cubrir el aceite, al menos aumentó la visibilidad de la barricada.
Mientras el incendio de los vehículos ocurría, los colegas de prensa que estaban listos para fotear y grabar la barricada se mantuvieron allí aunque cualquier instinto periodístico, por mínimo que fuera, te habría llevado hacia el incendio. A mi me pareció raro. Más raro aún cuando supe que había otras barricadas igualitas en distintos puntos de la ciudad. Y, por supuesto, más aún al tener fresca en la memoria la historia de la guaya y el fallecido en 2014 que permitió al gobierno deslegitimar una protesta ciudadana válida.
Les cuento todo esto porque me preocupan los días por venir. me preocupa la inexperiencia de esa vanguardia tira piedras y molotovs que quizás no conoce a consciencia la máquina propagandística del gobierno al que se enfrenta. Y no sé cómo transmitir esta idea.
Es evidente que en la Op hay quienes se tornan violentos. En este país hace rato que perdimos la inocencia y tampoco es que estamos hablando de Santos Niños de Atocha. Pero, honestamente, creo que lo de ayer fue una trampa que no salió bien porque había muchos testigos, porque los vecinos la denunciamos y la saboteamos, porque ya estamos curtidos y porque si bien el argumento era que "la Guardia no pase", qué curioso, la GNB ni se asomó.
Tengo algunas fotos que si algún pana fotoperiodista o reportero me pudiera ayudar a identificar, lo agradeceré.

Rojo

La cosa fue así hoy.
No fui a los puntos de concentración porque uno tiene que vivir en medio de este caos. No en la burbuja de normalidad de algunos sino en la cotidianidad dura de resolver problemas. Tenía que comprar una llave de paso y me lancé al Recreo temprano. Ya a las 9 am, cuando llegué, estaban apostadas allí las tanquetas.
Cuando tenía la llave en la mano bajé por la Avenida Casanova hasta Chacaito. Allí había un contingente nutrido de PNB pero no había protestas. Encontré un perro deshidratado que me rompió el corazón y seguí a casa, pues había dejado el Maalox y el agua. Tenía que volver. Ya en casa estaba inquieta, no sabía si volver a auxiliar al perro, de algún modo, o lanzarme a Altamira. Mientras dudaba me alcanzó la marcha. Estaban ya en la Autopista y no tuve que pensarlo más. Me metí
Gente, gente y gente. Muchísima gente. Había gente desde el Recreo hasta más allá del CCCT. Había gente en Las Mercedes y en el elevado que da hacia Bello Monte. Había gente con máscaras antigás -cada vez más- y con pañuelos. Resulta que ahora todos nos encapuchamos, ancianos, adultos, hombres, mujeres y hasta niños. Pues si. Porque no hay otra forma de sobrevivir al gas.
El gas.
El gas comenzó pronto: 1.10 pm aproximadamente. La gente ni siquiera había terminado de llegar. No había caminado más de 15 minutos. Pero la gente se daba valor. "¡No corran!" "¡Aguanten!" "¡Cuenten las bombas! y, claro, ¡Resisteeeencia, Resisteeeeencia!" Y, por supuesto:"¿Quienes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos: ¡LIBERTAD!"
La gente estaba hoy súper resteada. No retrocedía. No se iban a pesar de los gases en la vanguardia. Iban saliendo los muchach@s con los ojos rojos, asfixiados, ciegos por los gases. La gente ayudándose con los sprays y un montón de motos en el borde que, bueno, muy chévere, pero en medio de ese gentío me preocupaba que estorbarán en la huida. Como, efectivamente, pasó.
De pronto, cerca de las 2pm las ballenas comenzaron a moverse. No había pasado nada relevante. Quizás recibieron la orden. Las ballenas arrancaron, los gases arreciaron y la gente empezó a correr. El gas de hoy me pareció mucho más denso cuando estallaba en el pavimento. También sentí que hoy las lacrimógenas volaron más alto, -¿hay forma de saber si le pusieron más potencia a esos rifles o lo que sea que usan para dispararlas?- Y no hubo una estampida porque mucha gente ya es experta: "¡No corran! ¡No corran!" gritábamos algunos.
Yo estaba casi asfixiándome. Muy rápidamente. No tragué gas por tanto tiempo y me asfixié más rápido. Muchos logramos huir encaramándonos por una cerca en una de las calles de El Rosal. Cuando los GNB/PNB pasaron, dispararon contra nosotros. Conté 3 bombas lacrimógenas en una calle ciega donde habíamos cerca de 50-70 personas huyendo del gas. ¡Gracias PNB!
Me ayudaron a saltar para no pisar el cerco de púas. Corrí y entonces escuché el sonido de algo que se me cayó. Miré hacia el piso. Allí estaba mi Salbután -si, soy asmática-. Y apenas lo recogí, lo supe: "¡Mierda! ¡Boté el celular!" Comencé a buscar mi celular rojo con forro negro casi de la II Guerra Mundial. Pero no apareció. Entonces, contra todo buen juicio, pensé: ¡tengo que recuperarlo! Estoy a tiempo.
Ya la gente había terminado de entrar a El Rosal y los que estaban escapando hacia el CCCT iban más adelante. Ya las dos ballenas habían pasado y muchos PNB antimotines también.
Me monté en la Autopista de nuevo. Y contra toda cordura -lo sé- comencé a caminar hacia ellos. Contracorriente. Tuve incluso la osadía de tomarles una foto. Guardé la cámara y seguí buscando mi celular. Les explicaba: "¡Estoy buscando mi celular, estoy buscando mi celular!" Me dejaban seguir.
Hasta que no.
Y entonces ese agente que, por supuesto no se identificó, comenzó a gritarme, a exigirme que abriera mi morral y le mostrara mis pertenencias. Pretendía que las tirara en el pavimento. Le dije que no. Que se las mostraba con todo gusto pero que las iba a colocar en la defensa amarilla. Y abrí el cierre de mi mochila verde.
Lo primero que saltó, desde luego, fue el Maalox y el agua. "¿Y qué hace usted con ese Maalox?" gritó. Como si fuera un delito.
Lo segundo fue el resto de una bomba lacrimógena: "¿Y qué hace usted con esto????" Se indignó. Bueno, me la dispararon el otro día y la guardé, le respondí.
Y entonces, tuve que sacar la cámara: "¡Ahhhh! ¿Usted es Prensa?" Si, contesté sin saber si sería peor. "Muèstreme su identificación".escupió. Se la dí pensando que me la rompería. Pero, justo un segundo después de dársela, extendí una franela roja con la cual protejo mi cámara desde hace mucho tiempo. "Comando Zamora por la espalda y SI por el frente". Me la regalaron en el 2012 creo, en el 23 de Enero, cuando Hugo Chávez fue a votar. Estaba allá trabajando con la Televisión Noruega. No comentó nada.
"Pero si usted es prensa ¿por qué anda así? ¿Sin máscara? como de juguete?" Me encogí de hombros. Me pidió la cédula de identidad. Cuando leyó el nombre me miró inquisitivo. Examinó mi carnet de prensa por todos lados. Jurungó el forro, rojo también, que en letras doradas dice PRESS.
Tenía muchas ganas de detenerme, de seguir gritándome.
Algo lo detuvo. No sé qué fue.
Me devolvió mis documentos y pronunció una amenaza no muy velada, una orden: "¡Váyase, váyase si no quiere pasar más roncha!"
Comencé a caminar desorientada. No sabía por dónde bajarme de la Autopista. Alguien me gritó: "¡Guarimbera! ¡Guarimbera!" Como si fuera un insulto.
No es.
Al final, luego de 15 minutos de PNBs que me miraban con curiosidad y sospecha, salté un muro y caí en El Rosal.
"Justo antes de saltar me encontré un papelito.
¿Saben qué tenía escrito?
El Salmo 91.