martes, 30 de enero de 2018

CARACAS POP: 50 de 450

     En  1967 sacudía sus cimientos como quien se despereza luego de un sueño demasiado largo. Altamira y Los Palos Grandes sufrieron la peor parte pero, aún así, en Las Acacias me cargaron escaleras abajo en una carrera inesperada. Caracas nunca decepciona: cuando crees que la conoces, te da un revolcón.


    Caracas es una ciudad. Pero también es una atmósfera, una banda sonora, un collage de sabores específicos y una serie de momentos que te construyen como persona. Y un grupo de personas que, con cada década, dejan su impronta en la ciudad y en la memoria de quienes la habitamos.

CIUDAD SAVOY.

     Aquella ciudad de los tempranos 70´s era del tamaño de aquel Mustang blanco con asientos color vino tinto a bordo del cual íbamos a buscar recortes de chocolate en el Edificio Savoy en Sabana Grande. Y sonaba a Pata Pata de Miriam Makiba y a Eva María de la Fórmula V. Era también aquel viejo Volkswagen amarillo que estacionábamos fuera de aquel galpón que era la cocina trinitaria de Rita`s Cook en Bello Campo o el Tropi Burger de Las Mercedes al que acudíamos con apetito voraz.

     Pero también era los San Ruperto por la Avenida Victoria y aquella iglesia diminuta de la Parroquia San Salvador y la panadería San Pedro al lado del Colegio San Pedro al lado de la Iglesia San Pedro donde desayunábamos -de vez en cuando- chuchos recién hechos con café con leche. Y aquella iglesia laberíntica en comunicación con el colegio donde, por algún descuido de las hermanas y algún exceso de curiosidad u osadía, terminé robando algunas ostias. Entonces tomaba lecciones de Catecismo para aquella Primera Comunión con tarjetas de pergamino repujado y la bizarra y excluyente opción de traje de monja o traje de novia. Para variar, no fui ni novia ni monja sino un invento extraño con cintillo en los indomables rizos que no tenían cabida en la época del Imperio Drene y aquella cuña de las morochas “pelolindísimo” en la iglesia de domo dorado que aún hoy es hermosa e imponente.

     Si, esa misma parroquia donde el actual Presidente de la República asegura haber nacido. Ese espacio de niños donde todos nos conocíamos.

     Pero mucho antes de eso, Bimbolandia -el parque de atracciones de Los Símbolos- con sus carritos chocones y sus cotufas y sus algodones de azúcar y luego aquellos refrescantes zumos de naranja de Mi Juguito. Y los chocolates Savoy de avellanas, almendras o frutas a 0,75. El mítico real y medio repartido en 12 cuadritos de gloria derritiéndose en la boca de una niña que jugaba pisé y al escondite en la calle con el resto de imberbes de la cuadra sin preocuparse demasiado. Era la época en la que RCTV y Venevisión eran enemigas acérrimas y luchaban por el rating enfrentando a Lupita Ferrer y José Bardina en La Zulianita con Marina Baura y Raúl Amundaray en La Usurpadora

    Cambios en las reglas de casa prohibieron las novelas luego de estar ya enganchada, así que escapaba cuando ya todos dormían -y en un volumen casi inaudible a escasos centímetros de la pantalla de un enorme televisor en blanco y negro- vivía los vaivenes y vicisitudes de la siempre sufrida Lupita Ferrer que, muy eventualmente, lograba un break con aquel idolatrado galán. Pero no rompía del todo las reglas, me volteaba pudorosamente cuando llegaba el momento del beso.

     Una ciudad ingenua que también sonaba a Dimensión Latina y a Taboga, Taboga mía y a  Rafaella Carrá que quería Fiesta.

    Era también aquel salón lleno de hare krishnas y bigotudos escuchando conferencias sobre abducidos y nombres armónicos espaciales de expertos en ovnis. La Caracas de Pancho Massiani y su Piedra de Mar y de las patotas y el Drugstore con sus perros calientes de 1 metro y sus gigantescos vasos de cerveza o los regalos enlatados y el Parque El Tolón. Era la ciudad del Secuestro del Niño Vega, del Monstruo de Mamera y de 4 Crímenes 4 Poderes que dieron lugar a una exposición espeluznante en la Zona Rental de Plaza Venezuela.

LEYENDAS DEL POLIEDRO

     Y de pronto El Rosal, con sus convencionalismos de clase media y sus sobrias quintas que coqueteaban con edificios pequeños de nombres Bilbao y Arantxa en honor al linaje vasco. Y una bicicleta Miyata con 6 velocidades para recorrer Las Mercedes con aquellas casas enormes, Valle Arriba con sus empinadas vías y viveros y Santa Fe… sorteando callejuelas, campos de golf e imponentes árboles. O Campo Alegre, Chacao, Los Palos Grandes y Altamira. De pronto la ciudad era mucho más grande con esa autonomía recién ganada en dos ruedas.

    La primera visita al Poliedro sería –si, esto es embarazoso- para ver al Chavo, a Kiko, a La Chilindrina. La segunda, para maravillarme con el Teatro Negro de Praga y su magia. Pero la tercera, esa sí que valió la pena, fue el intento fallido de colearme en el concierto de Peter Frampton. Escuché Baby I love your way afuera, semi maquillada y con unas hermosas sandalias de cuña y lona que no lograron convencer a ningún portero. El mismo intento fallido tuvo lugar cuando vinieron la Pantera de Boston, -todavía recuerdo la voz de Valdemaro Martínez anunciando On my Honor de Donna Summer en Éxitos 1090 cuya sede era una diminuta quinta que quedaba a cuadra y media de mi casa y que alguna vez logré visitar- y Asia. El ahora mítico 4,30 por dólar estaba vigente desde 1960 y Caracas era epicentro de toda gira musical que se preciara. Desde Rush, Toto, Van Halen, Nina Hagen hasta El Gran Combo de Puerto Rico y The Negrese Verts o Mecano. Todos venían. Era Caracas: una ciudad insomne con la gente más abierta y cosmopolita de la región.

     Y llegarían como una revolución gastronómica las donas de Kinky Donuts que hacían juego con la obligatoria franela surfista de Ocean Pacific. La vida, sin duda, era más simple entonces a pesar de que nos encontrábamos a las puertas de los 80s con su New Wave y Police y su Do Do Do Da Da Da y aquel premonitorio y alucinante álbum de B 52´s y su Private Idaho que sólo podía acariciar en la tienda especializada de Sabana Grande o de Chacaíto cuyos nombres se me escapan. Y aquella letra pequeña que rezaba: “el disco es cultura”.

     Sin duda, las ciudades son criaturas vivas que se nutren y retroalimentan de quienes las habitan en momentos específicos. Son atmósferas, sonidos, aromas y enormes lienzos de posibilidades para la creación y la destrucción. Ambas semillas están allí, latentes, esperando el momento para estallar y materializarse.  El caos de hoy era ya incipiente en aquella perezosa ciudad de los 50s a la que arribaron mis padres para estudiar en la UCV y enamorarse. Pero era imperceptible. Había que observar con demasiado detenimiento. Y tener, quizás, mucha pero mucha imaginación para avizorarlo. Estaba allí en El Hipocampo donde bailaban mis tías. Pero ellas no tenían manera de saberlo. Ni de intuirlo. Aquella era una sociedad ingenua y esa ingenuidad permeaba a la ciudad.

     Y fue quizás esa ingenuidad la que permitió que algunos monstruos creciesen sin control. A placer.

CARACAS GROOVIE

     Llegarían con algo de retraso, como siempre en aquella aldea que aún no era global, las ideas de Marx y Lenin. Las discusiones en círculos académicos. Y surgió el término ñángara. Y se escucharon en Radio rumbos y Yvke Mundial aquellos primeros éxitos de Alí Primera sobre los techos de cartón y el patrón mordiendo al obrero y las caras bellas de mi gente negra de Cheo Feliciano. Había afros y plataformas deambulando en las adyacencias del Gran Café, en las cercanías del Techo de la Ballena y nacieron aquellos primeros graffitis que mostraban el descontento tímido de algunas minorías. O ¿mayorías, tal vez? 

    Y, sorpresivamente, el reinado de las pelolíndísimo se desmoronó y  a finales de los 80s arribó “la permanente” a las peluquerías locales. Las melenas leoninas se extendieron por la ciudad gracias al personaje de Ligia Elena. Ese era el mainstream pero también se movían aguas subterráneas, el underground, el punk. Los cortes asimétricos, los flequillos enormes y rígidos a fuerza de laca. Y el negro. Y los sobretodos. Y los botines planos con puntas imposibles para la anatomía de un pie normal. Y las discotecas “de ambiente” y las “discos underground” para criaturas nocturnas. Y L*Antró en La Castellana y The Hole en el Centro Comercial Los Chaguaramos. Y el imperio de los porteros y los jíbaros. Y la invasión de aquella tornasolada sustancia blanca que circulaba abundantemente en baños y vehículos. Eran, finalmente, los 90s. 

     Y la ciudad era una jungla, la efervescencia del caos que se cernía pero apenas notábamos mientras saltábamos al ritmo de The Cure o REM y olvidábamos, convenientemente, que apenas en 1989 “los cerros” se habían asomado para despertarnos de nuestra somnolencia indolente y los amaneceres atravesando el umbral de la New York New York y su bola estroboscópica que después sería Palladium. Pocos años antes Queen cantaba We are the Champions bajo el domo del Poliedro pero Rómulo Betancourt se despedía causando un duelo nacional que redujo las presentaciones de los británicos a sólo dos.

     Las ciudades son experiencias personales. Y colectivas. Como los delirantes Festivales Internacionales de Teatro que organizaba Carmen Ramia y que se transformaban en la Fura dels Baus transitando por la Avenida Bolívar o un grupo aleatorio de locos a bordo de un barco en el Puerto de La Guaira. O aquella Ópera de Tres Centavos que se podía ver a media mañana en solitario en el magnífico Teatro Teresa Carreño o la maravillosa y ambigua presencia de Willem Dafoe como el Mesías en aquellas funciones a las 11 am en el Cine Prensa de la Avenida Andrés Bello y que, hoy, apenas es espacio para sermones evangélicos donde Cristo también vive los últimos días. Caracas urbe efervescente de cultura y arte. Y contracultura y underground. Y contradicciones.

     Los 90s llegaban con furia y las visitas al Poliedro se tornaron legendarias. Como aquel épico concierto de Guns n Roses en el que la Policía Metropolitana –la temida PM- con su uniforme azul marino intentaba contener la histeria colectiva y el Appetite for destruction que se apoderó de Caracas. 

     Poco después despertábamos de golpe y presenciábamos atónitos aquellos 27 segundos de Mesianismo que combinaron también con los desaciertos políticos cometidos por Acción Democrática y Copei ya bastante desconectados de lo que sucedía en barrios y calles de la capital. Aquel febrero vimos a un Carlos Andrés Pérez alerta ante la amenaza pero con el aplomo de quien sabe aplastará la Rebelión. Por ahora. Ese noviembre los cielos siempre azules de Caracas fueron surcados por aviones rebeldes en otra rebelión fallida pero no bien contenida. Una serie de eventos políticos y antipolíticos harto conocidos nos trajeron a 1998 y a aquella masa de votantes que decidió que Hugo Chavez Frías sería nuestro nuevo Presidente de la República. La Avenida Bolívar fue escenario –repetidas veces- de aquella fiesta que no parecía anunciar lo que venía.
                                                                                          
AMARILLO, AZUL PERO, SOBRE TODO, ROJO.

                Y entonces Caracas –Venezuela en realidad- se vistió de rojo. Rojas las franelas, rojas las guayaberas ahora muy de moda, rojos los números de criminalidad, rojas las cifras del gobierno que cada vez más se transformaban en un misterio parecido al de la Virgen María y la Anunciación. Progresiva y paulatinamente el rostro hinchado de aquel líder mesiánico se fue apoderando de toda la ciudad. En esa ubicuidad muralística,  Chávez hablaba con Dios y casi ocupaba la Creación de Miguel Angel en la Capilla Sixtina.

     Esta presencia constante ya la había anunciado el disfraz de aquel paracaidista con uniforme de camuflaje y boina roja que pidieron la mayoría de los niños entre 1992 y los tempranos 2000. Era también la voz, los interminables y. con frecuencia disparatados, discursos del Comandante el soundtrack de la ciudad. Aunque, por supuesto, Alí Primera y su canción de protesta no han dejado de sonar y todo aquel que tenía alguna franela del Ché Guevara comenzó a vestirla con orgullo. Hubo quien desempolvó libros de Marx. Hubo quien los leyó y memorizó por vez primera. La ciudad, el país entero, rendían culto al líder del cual ahora, en 2017, permanecen insistentes pero en proceso de desvanecimiento “los ojitos.”

REBELION CITY:

                En 2014 paredes, kioscos, columnas, aceras y hasta el mismo asfalto se llenaron de consignas reflejando una crisis económica y política sin precedentes. Mensajes en papel bond tamaño carta, pendones, pancartas y hasta sténciles decoraron la ciudad en una protesta testaruda, de una generación que se negaba a dejarse invisibilizar por un gobierno de Pensamiento Único. Y el soundtrack de las calles fue “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡Libertad!”. Fueron 43 los jóvenes asesinados en aras del “control de orden social”. 483 resultaron heridos y 1854 fueron detenidos. Algunos de ellos violentamente torturados, 33 casos fueron debidamente sustanciados. Los que pudieron emigraron. No podían salir a protestar pues irían directamente a prisión si eran atrapados protestando. Pero algunos, -suficientes- se quedaron y 3 años más tarde, en 2017, están de nuevo en las calles. Ahora organizados. Y han incendiado esta ciudad con molotovs y escudos de cartón al grito de “Yo soy Libertador”.


     Caracas ahora huele a basura, a barricada, a caucho quemado, a rebelión. Y a gas. Al cáustico e irritante gas que ha flotado sobre esta y otras ciudades del país desde hace ya demasiados meses. Y suena a motos y a gritos. Y, a veces, a silencio.  Y viste uniformes verdes y de camuflaje negros. Y, aunque aún en Las Mercedes las discotecas retumban hasta las 7 am, ya no hay areperas del trasnocho en cada esquina ni pubs afterhours. Ni conciertos incluidos en la gira mundial de Metallica o Foo Fighters.  Los más jóvenes usan pantalones pitillo – la versión más reciente de los inolvidables tubito- morral, máscara antigás y escudos de cartón piedra con cruces de Malta o mensajes de Resistencia. Hay filas de personas a las puertas de las panaderías y de los supermercados, pero también en las ventas de loterías y en las casas de Vende-paga y de carreras de caballos. Las puertas de casas y edificios están marcadas por sindicatos/mafias de obreros de la construcción que se disputan territorios.



     Es una ciudad devastada como lo fue Sarajevo en 1994. Y sus jóvenes y adultos recuerdan aquellas tempranas fotos de la Intifada en la Franja de Gaza. Pero es acá, en el Caribe, en la urbe que se estremeció en 1967 anunciando que 50 de 450 años serían cualquier cosa menos aburridos. Caracas ahora es Ciudad Caos, un escenario post-apocalíptico -aún pleno de guacamayas escandalosas y araguaneyes en flor- en el que nos miramos con desconfianza y furia los unos a los otros. 
          
          Pero no siempre fue así.

          Y no siempre será así.

     Si eres caraqueño, si has vivido en esta urbe el tiempo suficiente, sabes que Caracas sorprende. Muerde, es verdad. Pero no siempre.   

Nota: Este texto fue premiado por la Cámara de Comercio de Caracas en 2017 Mención Periodismo Impreso y fue escrito para la revista de esa institución. Me tomé la libertad de colgarlo por acá sólo para no olvidarlo y continuar con esta bitácora que me impide la desmemoria. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

El oficio de poner alas y hacer milagros

A Kaya.
Y a Miguel Delgado, 
Angela Gonzalez, 
Niletta Stelluti y 
Lolymar Avila 
Unidad Móvil Veterinaria Salud Chacao.




     Veo tu foto con frecuencia. Y siento el peso de tu cuerpo en la cama. Y tu calor. Y el intoxicante olor del collar antipulgas. Y me encojo un poco para dejarte espacio. Para que duermas tranquila. Y, entonces, cuando ya estoy a punto de voltearme y extender el brazo para acariciarte, lo recuerdo: ya no estás conmigo. En ese instante, te echo de menos como a nadie.

     Tú fuiste la presencia más estable por 17 años. ¿Quién lo hubiera sospechado aquella noche que gritabas a todo pulmón en la 10a transversal de Altamira? A veces creo que me llamabas. Detuve el carro y te encontré allí en un patio cualquiera. No sé si te secuestré o te robé. Aunque no había nadie cerca. Estabas sola y gritabas.

     Desde ese día las órdenes las diste tú. Aunque no lo noté hasta muchísimo tiempo después. Destruiste todos los muebles, le diste un zarpazo a Skipper y le lesionaste la cornea, me dejaste un par de cicatrices cuando traté de separarte en una pelea y te robaste el pan y las tortas de la mesa cada vez que quisiste. Sólo te faltó abrir la nevera y no estoy tan segura de que no lo hayas hecho.

     Todas las veces que mi corazón estuvo roto por algún divorcio, decepción o frustración te sentaste en mi regazo a ronronear, a curarme. Tu mal genio y dulzura eran como un Dr Jekill y Mr Hyde peludo.

    Los últimos meses fueron duros. Durísimos. Tomaste distancia. No volviste a mi cama. Te estabas preparando para irte. Dormías en la sala, en la mesa de la cocina, en el baño. Donde te daba la gana. Pero no volviste a mi cama y me preocupé mucho. Lo supe.

     Traté de engañarme a mi misma pensando que sólo estabas molesta conmigo. Después de todo, llevabas ya 3 años brava. Desde aquel día de julio en el que se me ocurrió traer a a Oreo a casa. La odiaste con furia. Y a mi. Alta traición. Y fue tanta la furia que enfermaste de hemobartonella. De pura rabia. Pero logré retenerte. No pudiste irte. Obligada, pero te aliviaste.

     Pero este año el gas lacrimógeno diario, el cansancio, la rabia pudieron más que tú.

     Y te llevé a Salud Chacao. Y te trataron con amor. De inmediato supieron que eras de armas tomar. Y todos creímos que te salvabas. Y tuviste un día de saltos y alegría y alboroto. Un día. Y luego el abismo. La barrena. Y supe, a ciencia cierta, que te ibas. Que tenía que buscar ayuda. Y allí estaban Angela, Niletta, Lolymar, Miguel -como siempre- para rescatar y apoyar en la emergencia. Con cariño, con dedicación. Miguel preguntó discretamente:"¿quieres pensarlo? Lo siguiente es que entre en shock". "No. No hay nada que pensar. Hagamoslo" respondí.

     Y allí estuvimos, en ese pequeño camión -la Unidad Veterinaria Móvil que trabaja a fuerza de mística y compromiso con su comunidad-  Angela y Niletta me distraían. Conversamos sobre cualquier cosa mientras inyectaban a Kaya. En algún nivel sé que se preguntaban: "¿ella no se va a ir?" Y no. Yo no podía irme. Dejar sola a Kaya no era una opción.

     Y luego, cando Kaya se durmió me asaltó la duda: "¿se volverá a despertar?¿qué hago si se despierta?" Se rieron. "No. No va a despertar". Entonces Miguel la tomó con delicadeza y la envolvió. Sobrio, respetuoso. Lo ayudé. No entendía por qué me miraba con desconcierto. Luego supe que era la primera persona que había acompañado todo el proceso de eutanasia de su mascota. La primera en 15 años de existencia de la Unidad. Pero no fue por valiente, quizás fue por lealtad.

Y cuando todo pasó, cuando supe que estos médicos -que siento como amigos desde hace años-, le habían regalado alas a Kaya -si, como Red Bull- cargué el pequeñisimo cuerpo aún tibio de mi gata. Y con el corazón suspendido, casi sin aliento y sin pisar muy bien tierra, los abracé y me la llevé.

(Luego tardé una semana en enterrarla en el Avila. Pero ese serial-killer-mode de guardar un cadaver en el freezer se los cuento otro día).

     No había podido escribir antes. Procesar las pérdidas me lleva mucho tiempo. Kaya se fue el 18 de mayo y sólo quería decir: Gracias Kayaluna por haberme gritado aquella noche del 2000. Y gracias Miguel, Angela, Niletta y Loly por haberme sostenido en uno de las despedidas más dificiles de mi vida.

     Sé que no soy la única que le debe tanto a la Unidad Móvil Veterinaria de Salud Chacao. Sé que somos miles de vecinos los que hemos encontrado cariño y cuidado para nuestros animales allí, en esos pocos metros cuadrados. Cuando pienso en un servicio público que es casi un milagro, pienso en ese camioncito y sus doctores generosos, cálidos, comprometidos con su comunidad. 

     Y pienso en Kaya, con sus alas nuevas y su mal genio, sometiendo a quien se deje en el Cielo de gatos. 

     Así que eso, sólo quería decir GRACIAS. Porque en un ambiente tan árido y rudo como el que vivimos, todos ustedes son una certeza y un apoyo invaluable.Un verdadero milagro.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los juegos de Psique

Los mecanismos de autopreservación de la mente humana son asombrosos. Parece que mientras más terrible la atmósfera, mientras peores las amenazas, los recursos de mi psique para protegerme son más ingeniosos y, el mismo tiempo, más simples.

El Presidente de esta Revolución -para algunos marioneta, para otros arrogante y para mi, rehén- activa el Consejo de Defensa Nacional con lo cual activaría el Estado de conmoción y un posible toque de queda. Entiéndase: una OLP a nivel nacional y 24/7. Más represión, más sangre, más injusticia. Luego de 11 días de gas y plomo y muerte y gritos y heridas colectivas.

¿Qué sugiere mi mente? (Si, ella es autónoma)
"Tengo que hacer el amor. No sé que va a pasar después"

Mi mente no piensa en pequeño ni se conforma con soluciones mediocres. Va por el oro.

Y entonces comprendo todo ese coqueteo y el amor y la ternura de los últimos días. Es mi psique buscando compensar, salvarse de la aridez, de este incendio de todo lo conocido que pretende llevar a cabo el Poder. Es una necesidad de intimidad como Primeros Auxilios. No es el elemento erótico ni la urgencia sexual, es una necesidad del alma de conectar con lo profundo, con lo real, lo auténtico de encontrarse en la mirada de otro que está sumergido en este caos como tú. Ese otro que también necesita salvarse.

Ya sé que es muy loco.

O, quizás no.

Quizás lo único que tiene sentido en la vida son esos brevísimos momentos en los que realmente- REALMENTE- conectas con alguien.

EL TELÉFONO

Antenoche sonó el teléfono fijo de la casa. Eran cerca de las 4 am. Mi sueño es ligero y desperté de inmediato. O quizás ya estaba despierta. Estos días terribles son noches de insomnio. No atendí. Pensé en el hampa. Pensé en el Sebin. Pero me levanté, fui al baño y luego ví un celular encendiéndose y apagándose en la sala. Era mi hermano: "Eu, se metieron en mi casa"¿Qué? -respondí- ¿como están las muchachas?" Mi cuñada y mis sobrinas tuvieron que enfrentar solas el saqueo de su casa. Las amarraron y amordazaron y se llevaron hasta las toallas sanitarias, la pasta dental. los televisores, los ahorros, la camioneta.

Tengo tanto aplomo que a veces parece que soy fría.

Me pidió que buscara en internet cómo controlar el gps de Tracker. Lo buscamos. El logró apagar la camioneta de forma remota. No conozco más detalles de lo que pasó porque en esta casa tenemos esa manera gocha de manifestar los afectos y preocupaciones:  severa, sobria, hacia dentro. Pero sé que mi hermano estaba superangustiado porque al despedirse me dio un abrazo que casi me partió en dos. Todo estaba bien en casa, Las chicas estaban a salvo. Mi mamá no hizo más que rezar todo el día dándole gracias a Dios porque "pudo haber ocurrido una desgracia, Eu. Y no ocurrió"

Y mi mente testaruda, persistente, se empeña en su afán de los últimos días y me ordena: "busca lo bonito". Y me lleva al pianito morado en casa de mi tía Elena en la Av. Victoria. Y a la barquilla de mantecado con capita de chocolate de Crema Paraíso con mi tío José Antonio y mi tía Gladys. Esa que no me terminaba antes de media hora porque no quería que se acabara. Y a los días de pesca con mi tío Rafa y mi mamá en los pozos de Carmen de Uria y los cangrejos bebé de aquellas enormes piedras. Y las arañitas del Pobre Juan y las observaciones de lluvia de estrellas y a la persecución de ovnis y a los Hare Krishnas de Bello Monte.

Parece que siempre fui así: capaz de crear espacios felices en medio del caos. El tío Domingo, un día que bailaba en el medio de la calle, lo notó: "Vamos, Leocadia" me dijo riéndose. Y esa cacería de lo bonito me lleva a Carmencita en El Samán. Ella. mi amiga pecosa, subía un piso y ambas esperábamos que mi mamá se durmiera luego de leerle algunas noticias sueltas del periódico, Apenas cerraba los ojos, salíamos de puntillas y nos escapábamos al parque. Aquel columpio era un avión, un cohete, un par de alas atómicas.Era el ser más libre del planeta en ese pedazo de madera y cadenas. Volaba.

Creo que aprendí TAN bien a volar y a ser feliz no matter what, que aún vuelo.

UN BILLETE Y UN PINTALABIOS

Estos son días tremendos. Los que hemos vivido. Los que vienen.El Sr. Rogelio, de la línea taxi de mi casa, lo sabe. Se va el domingo a los Estados Unidos aunque "no me gustan los gringos, pero es que ya no se está haciendo nada. Ni para los repuestos del carro..." Me ha detenido cuando semidormida iba al abasto a comprar algo para desayunar. "Ayer llevé a su hermano al terminal y él se equivocó. Me dió un billete de 2000 por uno de 100. Déselo" Y ese gesto de honestidad y ética era todo lo que necesitaba para que la confianza regrese a mi en una mañana en la que -al estilo loco de esta familia- ,i ,adre me ha llamado al celular desde la habitación contigua, desde su cama. para decirme: "No me voy a parar, Eu. perdimos el momento para llegar a Miraflores".

Si. Esa es una bonita manera de despertar. Se los dije: estilo gocho.

¿Leyeron alguna vez esa anécdota de cuando llegaron los soldados ingleses al campo de exterminio de Bergen-Belsen? Se las cuento: "Era sólo una yerma desolación, tan pelada como un gallinero. Los cadaveres estaban por todas partes, algunos en pilas enormes, otros yacían solos o en parejas allí donde habían caído...Llegó una cantidad enorme de pintalabios. No era en absoluto lo que los hombres queríamos, nosotros clamábamos por miles de otras cosas y no sé quién pidió lápiz de labios. Deseo tanto descubrir quién lo hizo, fue la acción de un genio, pura brillantez inadulterada. Creo que nada hizo más pr esos internos que el pintalabios. Las mujeres yacían en la cama sin sabanas ni camisón pero con los labios rojo escarlata. Las veías vagar por ahí sin nada más que una manta sobre sus hombres y su mano aferrada a un pedazo de pintalabios. Por lo menos alguien había hecho algo para hacerles individuos otra vez. Eran alguien, no ya simplemente un número tatuado en el brazo. Finalmente podían interesarse por su aspecto. Ese lápiz de labios comenzó a devolverles su Humanidad".

Si, ya sé. la mente humana. Los desvaríos.  Y los juegos de preservación. Buscar lo bonito, hacer el amor, usar el pintalabios.

Ser humano incluso en medio de esta inmensa OLP que parece venir. Y estar lo más presente posible.

Y, si encuentras esa conexión, esa llave, usarla porque la vida es preciosa, efímera, impredecible. Porque no hay tiempo que perder y porque las personas no son eternas.


lunes, 31 de julio de 2017

Un río, un kayak y una meta.

Hace unos años cuando fui a hacer kayak en los rápidos de Barinas, viví una experiencia transformadora y exigente, física, mental y espiritual.

Para ilustrarla, debo describir primero:estás en un río, con profundidad promedio de metro y medio, muy frío y con "rápidos". Que en el momento eran clase 3 de una escala de 5 puntos. En un barco para 2 personas cada cual con un remo.Y a la derecha una pared y a la izquierda otra. O sea, ¡no hay orillas! 

Solo río.

El trayecto toma 4 horas.Bajas por el río hasta la orilla donde te esperan los del campamento.
Obvio: en esas 4 horas, te caes, se voltea el barco. Lo pierdes, lo tienes que alcanzar, te montas y sigues. Y así cada vez..Te montas y sigues... Y de nuevo... ¡Te montas y sigues! Te cansas. ¡Te montas y sigues! ¡Te quieres bajar! Pero ¡¡¡te montas y sigues!!!

Lo interesante es que... No hay opción. El río no se va a detener, los rápidos no van a mejorar. (Si se hace más tarde son "mas rápidos), y ¡no te puedes bajar! Porque tocaria escalar sin equipo para llegar a la carretera (cargando el kayak)

O sea: HAY QUE SEGUIR. Pase lo que pase hay que subirse de nuevo al barco y seguir.

Hay ciertos remansos donde hay "playas".Te detienes, tomas agua, te recargas. Y entrompas de nuevo el río. Y, de algún modo, cuándo sientes que no vas a llegar: viene otra playa... ¡Y así hasta el final!

¿Que pienso hoy? 

Que no HAY NADA QUE HACER sino subirse al barco y ¡seguir remando!

Hoy es una playa... Tomaré aire, beberé agua, comeré algo ligero, ajustare mi casco y agarrare mi remo... 

Para seguir.

Por un momento pensé que había terminado el recorrido. Pero solo es una playa


30/07/17 7:20pm
Freddy Camargo.
Torre B. Arca del Norte.

Barquisimeto.

jueves, 1 de junio de 2017

Reflexionar a gritos

Hace días, semanas que lo escucho. El latiguillo de "hay que apoyarlos. No hay que dejarlos solos".

Y la verdad es que a veces quisiera perder la compostura y a gritos acelerar el proceso de comprensión de lo que ocurre. A decir verdad, a veces lo hago. No. No es que yo sé más que los demás. O que me he dejado seducir por el pensamiento único. Ni de broma. Pero si me parece que hay un grupo importante de gente que no logra calibrar lo que estamos viviendo como país y como nación.

No. No es que "hay que apoyarlos".

Esta pelea es de TODOS porque cada vez que detienen a un muchacho en #Resistencia le cercenan a usted su derecho a protestar, a manifestar, a erguirse con la Constitución en la mano y a exigir un Estado de Derecho. Porque cada vez que un periodista o fotoperiodista es amenazado, perseguido, agredido, robado o vapuleado es a usted a quien le están cercenando su derecho a estar informado, a disentir, a expresar sus criterios por controversiales o impopulares que sean. Porque cada vez que le revientan la cara a un Diputado o a un Gobernador -que usted eligió- lo están castigando a usted que votó por él. O que quizás no votó pero que igual se ve afectado por la negación cada vez más flagrante de "1 venezolano 1 voto" y de aquello de que "la soberanía reside en el pueblo".

Es más, cada vez que usted se hace el loco cuando roban o patean a un conciudadano que padece a su lado, cada vez que mira hacia otro lado cuando le pasa cerca un niño descalzo o alguien comiendo de la basura, pensando sólo en su propia preservación, usted no sólo se hace más pequeño como persona sino que se encoge como ciudadano. Y este gobierno opresor huele el miedo. Y la pequeñez.

Lo que quiero decir es que no, no "hay que apoyarlos". Esos muchachos a los que están persiguiendo, agrediendo, deteniendo, torturando y matando son la vanguardia, la inspiración, pero la pelea no es sólo de ellos. Esta pelea es de cada venezolano consciente. O es que acaso ¿no somos todos los que estamos padeciendo los embates del saqueo de los tesoros del país y la burla de una élite revolucionaria cada vez más desconectada de la realidad de las calles?

Hoy detuvieron a plena luz del día a decenas de muchachos en la Plaza Altamira. Antenoche hubo una redada en la misma plaza y en Bello Monte. Ellos están poniendo el cuerpo. Y el corazón. Están dando la cara. Lo mínimo que podemos hacer los demás es asumir que esta es nuestra pelea y que las calles son nuestras aunque el gobierno de Maduro sea tan arrogante que tenga la osadía de, incluso, ponerle una fecha de expiración a la primera Rebelión Popular de este siglo en Venezuela. O ¿es que les quedan dudas después de haber marchado 61 días que este es un descontento que atraviesa a toda la sociedad venezolana?

Si. Es cierto. La represión ha escalado a niveles de violencia aterradores. Lo sabemos. Pero el miedo no es opción. La parálisis tampoco. Busquemos la forma de no encogernos, de no dejar que nos vuelvan pequeños y conformistas. De alzarnos y encontrar el valor y la osadía en reservas personales que a lo mejor pensábamos que no existían.

Y, bueno, para que conste, esto lo escribo como ciudadana más que como periodista. Sin intentar decirle a nadie qué hacer, pero con la esperanza feroz de que no se cometan los errores de 2014 que tuvieron costos altísimos para cientos de muchachos que tuvieron y siguen teniendo el sueño de un país donde el progreso y los sueños no tengan que, obligatoriamente, vestirse de rojo.

viernes, 19 de mayo de 2017

El delito de documentar una dictadura


La puerta no cerraba. No tenía la llave. Me quedé allí conteniendo la respiración. Anhelando que mi corazón no latiera. Los segundos se hicieron eternos. Y entonces pensé en apoyar la carretilla y ajustarla. Funcionó. Tenía que alejarme de esa puerta. Escuchaba las voces y el ronco acelerar de las motos en el portón del estacionamiento de mi calle ciega.

Temía que derribaran la reja.

Logré esconderme en el cuartito donde ya estaban mis primos. Esa segunda puerta tampoco cerraba. Apenas respirábamos. Mi primito veía el celular. "¡Apaga esa mierda, coño!" ladré. Le pedí a mi prima que rezara. Me concentré en escuchar y apagar todos mis sistemas -yeah right- para que la adrenalina no nos delatara. Olía a basura y desinfectante. Y el espacio era mínimo. Sujetaba la puerta y sabía que si abrían la primera no habría forma de escapar del arresto. Pensé en mi gato que estaba afuera pero él es experto en esconderse. Se escuchaban voces de hombre cada vez más cerca. O eso me pareció.

Estábamos en el estacionamiento cuando los ví minutos antes: una camioneta Hilux blanca blindada y 2 motos. O ¿eran 3? No estaba segura. De inmediato, les dije: "¡Vénganse, vénganse, venganse!" Ellos tardaron en reaccionar. Nos agazapamos.

El hombre de la moto había cumplido su amenaza: mandar al Sebin a buscarme. La había hecho media hora antes cuando descubrió que le había tomado varias fotos mientras él grababa la vanguardia en retirada de los muchachos en #Resistencia No me la hizo a mi, sino a mis primos y vecinos: "A la rubia que está tomando fotos" .Decía que yo no era reportera y que vendrían por mi. Creo que lo que le indignó fue mi actitud. Cuando me miró de frente le hice un saludo militar y me fui. No me asusté. No me intimidé. No bajé la cabeza.

Y creo que ese es el punto; que la mayor parte de este país -si alguna vez lo hizo- ya no está dispuesta a seguir bajando la cabeza. Que el atropello desde el poder político y económico de la Revolución ha sido tan grave, sostenido en el tiempo y devastador que ahora la única vía posible es erguirse. Y desafiar.

Me escondí, por supuesto. Me asusté, sin duda. Pero la terca convicción de que como periodista y ciudadana no estoy cometiendo delito y no tienes derecho a venir a buscarme, prevaleció. Estoy documentando. Si lo que tú estás haciendo mientras yo documento te incrimina, esa es tu consciencia, tu responsabilidad penal, no la mía. 

Yo estoy haciendo aquello para lo cual la sociedad en la que crecí me formó; contar lo que sucede en la calle. Que lo haga de manera independiente no significa ninguna diferencia. Soy periodista desde 1989. De una generación ucabista que ha llenado de orgullo nuestra #almamater

Y me preguntó, tú, el represor, el de Inteligencia, el perseguidor, el que llegó a la puerta de mi casa con refuerzos: ¿qué estabas haciendo tú en 1989? ¿Pensaste alguna vez que usarías una videocámara para perseguir a tus adversarios políticos? O ¿tenías problemas vocacionales? ¿Eso es la Revolución para ti?

Y, para que conste, lo aclaro a todos aquellos que se angustian porque quizás me expongo demasiado y no lo comprenden: No estaba en la vía pública. No tengo máscara antigás ni casco ni escudo ni molotovs -que tampoco es delito, por cierto- sólo una cámara y una libreta. Estaba en la propiedad privada en la que crecí. 

Sólo tuve un gesto altivo. De dignidad y desafío. Y los volveré a tener. Nadie tiene derecho a perseguirte, arrestarte, torturarte, desaparecerte o amenazarte porque documentas.



Bueno, claro, sabemos que eso sucede en dictaduras.

Y en guerras.