jueves, 1 de junio de 2017

Reflexionar a gritos

Hace días, semanas que lo escucho. El latiguillo de "hay que apoyarlos. No hay que dejarlos solos".

Y la verdad es que a veces quisiera perder la compostura y a gritos acelerar el proceso de comprensión de lo que ocurre. A decir verdad, a veces lo hago. No. No es que yo sé más que los demás. O que me he dejado seducir por el pensamiento único. Ni de broma. Pero si me parece que hay un grupo importante de gente que no logra calibrar lo que estamos viviendo como país y como nación.

No. No es que "hay que apoyarlos".

Esta pelea es de TODOS porque cada vez que detienen a un muchacho en #Resistencia le cercenan a usted su derecho a protestar, a manifestar, a erguirse con la Constitución en la mano y a exigir un Estado de Derecho. Porque cada vez que un periodista o fotoperiodista es amenazado, perseguido, agredido, robado o vapuleado es a usted a quien le están cercenando su derecho a estar informado, a disentir, a expresar sus criterios por controversiales o impopulares que sean. Porque cada vez que le revientan la cara a un Diputado o a un Gobernador -que usted eligió- lo están castigando a usted que votó por él. O que quizás no votó pero que igual se ve afectado por la negación cada vez más flagrante de "1 venezolano 1 voto" y de aquello de que "la soberanía reside en el pueblo".

Es más, cada vez que usted se hace el loco cuando roban o patean a un conciudadano que padece a su lado, cada vez que mira hacia otro lado cuando le pasa cerca un niño descalzo o alguien comiendo de la basura, pensando sólo en su propia preservación, usted no sólo se hace más pequeño como persona sino que se encoge como ciudadano. Y este gobierno opresor huele el miedo. Y la pequeñez.

Lo que quiero decir es que no, no "hay que apoyarlos". Esos muchachos a los que están persiguiendo, agrediendo, deteniendo, torturando y matando son la vanguardia, la inspiración, pero la pelea no es sólo de ellos. Esta pelea es de cada venezolano consciente. O es que acaso ¿no somos todos los que estamos padeciendo los embates del saqueo de los tesoros del país y la burla de una élite revolucionaria cada vez más desconectada de la realidad de las calles?

Hoy detuvieron a plena luz del día a decenas de muchachos en la Plaza Altamira. Antenoche hubo una redada en la misma plaza y en Bello Monte. Ellos están poniendo el cuerpo. Y el corazón. Están dando la cara. Lo mínimo que podemos hacer los demás es asumir que esta es nuestra pelea y que las calles son nuestras aunque el gobierno de Maduro sea tan arrogante que tenga la osadía de, incluso, ponerle una fecha de expiración a la primera Rebelión Popular de este siglo en Venezuela. O ¿es que les quedan dudas después de haber marchado 61 días que este es un descontento que atraviesa a toda la sociedad venezolana?

Si. Es cierto. La represión ha escalado a niveles de violencia aterradores. Lo sabemos. Pero el miedo no es opción. La parálisis tampoco. Busquemos la forma de no encogernos, de no dejar que nos vuelvan pequeños y conformistas. De alzarnos y encontrar el valor y la osadía en reservas personales que a lo mejor pensábamos que no existían.

Y, bueno, para que conste, esto lo escribo como ciudadana más que como periodista. Sin intentar decirle a nadie qué hacer, pero con la esperanza feroz de que no se cometan los errores de 2014 que tuvieron costos altísimos para cientos de muchachos que tuvieron y siguen teniendo el sueño de un país donde el progreso y los sueños no tengan que, obligatoriamente, vestirse de rojo.

viernes, 19 de mayo de 2017

El delito de documentar una dictadura


La puerta no cerraba. No tenía la llave. Me quedé allí conteniendo la respiración. Anhelando que mi corazón no latiera. Los segundos se hicieron eternos. Y entonces pensé en apoyar la carretilla y ajustarla. Funcionó. Tenía que alejarme de esa puerta. Escuchaba las voces y el ronco acelerar de las motos en el portón del estacionamiento de mi calle ciega.

Temía que derribaran la reja.

Logré esconderme en el cuartito donde ya estaban mis primos. Esa segunda puerta tampoco cerraba. Apenas respirábamos. Mi primito veía el celular. "¡Apaga esa mierda, coño!" ladré. Le pedí a mi prima que rezara. Me concentré en escuchar y apagar todos mis sistemas -yeah right- para que la adrenalina no nos delatara. Olía a basura y desinfectante. Y el espacio era mínimo. Sujetaba la puerta y sabía que si abrían la primera no habría forma de escapar del arresto. Pensé en mi gato que estaba afuera pero él es experto en esconderse. Se escuchaban voces de hombre cada vez más cerca. O eso me pareció.

Estábamos en el estacionamiento cuando los ví minutos antes: una camioneta Hilux blanca blindada y 2 motos. O ¿eran 3? No estaba segura. De inmediato, les dije: "¡Vénganse, vénganse, venganse!" Ellos tardaron en reaccionar. Nos agazapamos.

El hombre de la moto había cumplido su amenaza: mandar al Sebin a buscarme. La había hecho media hora antes cuando descubrió que le había tomado varias fotos mientras él grababa la vanguardia en retirada de los muchachos en #Resistencia No me la hizo a mi, sino a mis primos y vecinos: "A la rubia que está tomando fotos" .Decía que yo no era reportera y que vendrían por mi. Creo que lo que le indignó fue mi actitud. Cuando me miró de frente le hice un saludo militar y me fui. No me asusté. No me intimidé. No bajé la cabeza.

Y creo que ese es el punto; que la mayor parte de este país -si alguna vez lo hizo- ya no está dispuesta a seguir bajando la cabeza. Que el atropello desde el poder político y económico de la Revolución ha sido tan grave, sostenido en el tiempo y devastador que ahora la única vía posible es erguirse. Y desafiar.

Me escondí, por supuesto. Me asusté, sin duda. Pero la terca convicción de que como periodista y ciudadana no estoy cometiendo delito y no tienes derecho a venir a buscarme, prevaleció. Estoy documentando. Si lo que tú estás haciendo mientras yo documento te incrimina, esa es tu consciencia, tu responsabilidad penal, no la mía. 

Yo estoy haciendo aquello para lo cual la sociedad en la que crecí me formó; contar lo que sucede en la calle. Que lo haga de manera independiente no significa ninguna diferencia. Soy periodista desde 1989. De una generación ucabista que ha llenado de orgullo nuestra #almamater

Y me preguntó, tú, el represor, el de Inteligencia, el perseguidor, el que llegó a la puerta de mi casa con refuerzos: ¿qué estabas haciendo tú en 1989? ¿Pensaste alguna vez que usarías una videocámara para perseguir a tus adversarios políticos? O ¿tenías problemas vocacionales? ¿Eso es la Revolución para ti?

Y, para que conste, lo aclaro a todos aquellos que se angustian porque quizás me expongo demasiado y no lo comprenden: No estaba en la vía pública. No tengo máscara antigás ni casco ni escudo ni molotovs -que tampoco es delito, por cierto- sólo una cámara y una libreta. Estaba en la propiedad privada en la que crecí. 

Sólo tuve un gesto altivo. De dignidad y desafío. Y los volveré a tener. Nadie tiene derecho a perseguirte, arrestarte, torturarte, desaparecerte o amenazarte porque documentas.



Bueno, claro, sabemos que eso sucede en dictaduras.

Y en guerras.

lunes, 15 de mayo de 2017

Niños en Resistencia

NIÑOS EN RESISTENCIA
Eran 5 niños y 2 niñas. Se arremolinaban alrededor del carrito de helados. Una mujer, por minutos madre prestada, había hecho una de las promesas más importantes que se le pueden hacer a un niño: "yo brindo los helados". El más grande de los varones, de unos 12-13 años, dirigía y apaciguaba el concierto de gritos, seleccionaba los sabores y los entregaba. Las dos chicas, pre-adolescentes tenían el rostro apenas cubierto y las ropas sucias. Un pequeñito, que llegaba tarde a la fiesta, comenzó a halarle la franela a aquella mujer: "señora. señora, bríndeme un helado". Si, claro, contestó ella con cierto azoro.
El de la capucha verde, con cicatrices de vacunas y una barriguita "pandeada" ya había recibido su premio. Un helado entre amarillo y marrón que devoraba con placer. Y, de pronto, sentí un alivio mínimo. Es cierto, el piquete de la GNB, las ballenas, los escudos antimotines, las bombas estaban por empezar su jornada de represión. Pero, al menos por un rato, había helado y oraciones y bendiciones y cariño para esos niños. Los #NiñosdelaResistencia
Esos niños que descalzos, sucios, vulnerables, casi invisibles, se encapuchan quizás pensando que es un juego o quizás sabiendo que la Revolución, lo único que han conocido, les debe mucho más que un helado.
LA NORMALIDAD
Hace semanas escudriño mis fotos. Y las de los extraordinarios reporteros gráficos que tiene Venezuela. Y las de quienes, sin ser periodistas, ni fotógrafos ni reporteros, se atreven a sacar sus cámaras y celulares y documentan. Y veo los rostros de la protesta. Y los de la Represión. Es curioso. Mucho es el parecido.
Los rostros de los GNB, por ejemplo, son de venezolanos criollos, ese moreno canela con ojos café. O ese con cara de gocho de ojos achinados y cachetes rosados. Son jóvenes. Mucho menos que la Resistencia, pero lo suficiente como para recordar que poco vivieron de la Cuarta República que ahora parece una entelequia.
Me obsesiona tratar de comprender ¿por qué? ¿Por qué alguien tan parecido a mi se siente tan diferente? Lo suficiente como para concluir que soy su enemigo y debe exterminarme como a un insecto rastrero: fumigándome. O baleándome. O atropellándome. O torturándome.
No me convence el argumento del bono en efectivo.
Si. Me aflige y me obsesiona qué sucede del uniforme hacia adentro.
Y pienso en el concepto de normalidad. O sea, ¿todos somos "normales" hasta que nos dan un poco de poder? O ¿todos somos "normales" hasta que nos dan un uniforme y un morral lleno de lacrimógenas? ¿Todos somos normales hasta que nos encapuchamos?
No sé.
Estoy pensando en voz alta.
Creo que esta situación, obviamente, no tiene nada de normal. Por eso seres "normales" nos transformamos en monstruos en segundos.
Quizás.
El otro día, en la azotea de mi edificio, mi hermano se estrenaba en esta ola de protestas. No había visto a los GNB apoderarse de la Autopista ni bombardear nuestro edificio. Yo fui la primera en decirle cuando intentó lanzar un primer y tímido insulto: "No grites que después nos fumigan". Uno a uno los vecinos se sumaron: "Si. No tienes experiencia. Ya estamos entrenados. No hay que gritarles".
No habían pasado más de 10 minutos de estas exhortaciones cuando un GNB empezó a pelear con uno de mis vecinos. Y todos pasamos, -como un Ferrari-, de absoluta normalidad y compostura al griterío feroz de una turba que está dispuesta a destrozar a quien venga.
El GNB se bajó de la moto. Hizo el ademán de subir. Nadie se rajó. Le gritamos más duro. Buscó algo en un bolso. Yo pensé que sería un revolver, algo más letal. Pensé que si decidían subir no habría hacia dónde correr. Pero no nos intimidamos. Llegó un punto en que mi vecino le gritó: "Ven y pelea con estas dos a ver si tienes bolas". Por supuesto que yo estaba entre "estas dos". Proferí insultos que ni siquiera sabía que sabía.
El GNB lo pensó.
Se fue furioso.
Pero antes disparó 1 bomba lacrimógena en la azotea. Directo contra nosotros que, técnicamente, sólo insultábamos. Se montó en su moto. Iracundo Pero regresó. Del otro lado de la Autopista. Intentaba llevarse a unos manifestantes atrapados en una de las calles de atrás. Gritamos a todo pulmón para defenderlos. Lanzó la segunda bomba y mi hermano casi se asfixió. Pura pimienta. Yo le gritaba: "no corras, no corras". Iba dando tumbos, ciego, chocando contra las columnas. Yo iba detrás de él con apenas un ojo abierto, Polifemo vigilante, para que él no se hiciera mas daño. Le di el Maalox.
Y me miró con cara de estupor.
Si, está desentrenado.
LA NOCHE.
Horas después, ya de noche, salí a dar una vuelta de reconocimiento por Los Chaguaramos, Santa Mónica, Bello Monte, Las Mercedes, Chacao, Altamira, Los Palos Grandes y El Rosal. Algunas barricadas aún ardían. Se notaba la batalla de horas antes. Y entonces observe un piquete enorme resguardado, oculto en la oscuridad en el Distribuidor Altamira. Asechando. Apenas unos metros más allá los ví: 3 muchachos de Resistencia solos a las 9 de la noche defendiendo una barricada.
Me acerqué. Conversé con ellos. No tendrían más de veinte. Y me fui con una angustia de madre. Yo, que nunca he parido, estos días soy madre de todos esos muchachos. Son mis hijos. Nuestros hijos. No logro evitarlo. Los padezco, los sufro como si fueran mis muchachos que aún no han regresado a casa. Ando con el corazón en la boca cuando los veo. Con sus escudos. Con su convicción. Con su derecho a la protesta y a soñar un país mejor. No sabía que esa mamá habitaba dentro de mi. Supongo que así nos sentimos todas, Las que parimos y las que no.
Sólo digo: no permitan que esos, nuestros hijos. Mis hijos. Los que tienen casa y los que viven en la calle, se sientan solos en su lucha. Acompañémolos. Es imperdonable que 3 muchachos con apenas una capucha, un escudo y un par de molotovs estén solos peleando esta pelea. Hay que estar. Ser responsables. Son nuestros hijos.
Nuestros hijos solos en un toque de queda de facto. En un Estado Marcial que ni siquiera aspira ya a disimularlo.

Un poco de respeto

No soy una persona que se ofenda fácilmente. El orgullo o el alto ego no se cuentan entre mis defectos. Podría decir que soy "dura de ofender". Pero en este momento me siento absoluta y gravemente ofendida.
Al parecer, hay un chiste rodando en redes de "No conseguí tal cosa ...¡Oh, Dios. Somos Venezuela!" Quizás es la invención de uno de mis contactos a quien tengo en alta estima. Quizás es algo que se ha extendido en redes. No lo sé. Y no tengo el estómago para averiguarlo.
Sólo quiero decir, reiterar hasta el cansancio, a todo estúpido e insensible que mira la situación desde lejos y le parece risible. Lo que vivimos hoy en día en Venezuela es grave. Gravísimo. Es una Dictadura en alianza con el Pranato y el Hampa común y con la mirada complaciente de fuerzas militares y transnacionales sólo interesadas en saquear el país.
Si. Hay problemas para conseguir pasta dental. Si. Hay problemas para conseguir alimentos. De casi cualquier tipo. Si. Se muere mucha gente por falta de medicinas. Y, si, sobre todo, se muere mucha gente asesinada. Por represión.
¿Eso les parece gracioso? ¿Hay algo divertido en ver a un país hermano padecer hasta que la Rebelión y la dignidad es la última salida válida?
En los últimos 35 días han asesinado a 34 de nuestros hijos. Jóvenes. Estudiantes. Músicos. Adolescentes. Nuestro futuro. Nuestro semillero de gente noble, buena y brillante. Porque duélale a quien le duela: somos gente brillante.
Somos un pueblo que está viviendo un proceso duro. Oscuro. Difícilísimo. Burlarse es como darle patadas a un herido. Y, sin embargo, tenemos la estatura moral, la entereza de ponernos de pie y levantarnos valientemente para decir: NO. Y estamos en la calle sabiendo que cada día que atravesamos las puertas de nuestras casas puede ser el último.
Así que tengan más respeto. Esten a la altura de sus hermanos latinoamericanos.

Invisibles

El niño invisible.
Él estaba de pie en el medio de la Autopista Francisco Fajardo. Inmundo. Descalzo. Con unos shorts raídos y una expresión dulce y suave en su cara de niño de no más de 12 años. La multitud de manifestantes con sus gorras tricolores, sus banderas, sus pancartas, no parecía notarlo. Tampoco lo veían los vendedores de agua, los heladeros, los de "¡Dale Chester, dale Chester!"
Él, ahí, sólo, con sus pies desnudos plantados en el pavimento pidiendo algo de comer. Me detuve en mi afán quizás medio minuto. Saqué 2 ó 3 billetes de 100 y se los dí. "Toma, papá. Dios te bendiga". Se le iluminó el rostro. Sonrió desde dentro con una alegría incomprensible para alguien que parece invisible y me dió las gracias. No me atreví a tomar la foto.
Él, sin máscara antigás, sin pañuelo, sin maalox, sin ningún tipo de soporte, descalzo en la autopista. Tenemos que verlo. Tenemos que notarlo. Hasta que no lo hagamos Venezuela no será el país que soñamos.
Ni siquiera pregunté su nombre y ahora me lo pregunto. Me mortifica. Pero seguí con la marea humana porque estamos en Rebelión para ver si podemos cumplir las promesas que la Revolución no cumplió: sacarlos de la calle, cuidarlos, nutrirlos, darles un presente mejor y el futuro que quieran elegir.
La sopa se enfría.
La gente huía despavorida aunque los gases se veían lejos. Se sentía el picor en los ojos, el ardor en la garganta, la cáustica sensación que te hace toser y buscar a tientas l pañuelo para humedecerlo con Maalox o bicarbonato. El colapso, deliberado o no, generado por los conductores empeñados en pasar por una vía a todas luces trancada por una enorme cantidad de gente.
En el restaurancito de la esquina la televisión estaba encendida. La iluminación era cálida. La puerta estaba abierta. Las mesas estaban casi llenas. Él, de lentes y camisa de cuadros azules, se concentraba en su plato. No miraba hacia afuera. Levantó la cuchara y asintió. La sopa estaba deliciosa. No estaba fría. Lo miré con tal fijeza que subió la mirada. Una fracción de segundo me miró pero no vio nada. No pude evitarlo, mi desprecio era casi tangible. Quizás la sopa de la indolencia ya estaba fría.
La risa de la GNB.
Unos metros más allá, en la esquina siguiente, se detuvo el tráfico de Sur a Norte y en medio de la gente que huía comenzaron a pasar las motos de GNBs. La gente, enardecida, los insultaba, un trío de oficialistas le grita a la multitud: ¡callense, callense! Y, discretamente, huyen hacia el ävila. No porque estén amenazados físicamente. Quizás porque se saben minoría.
En medio de la furia y los gritos una GNB que va de parrillera se voltea hacia la gente, sonríe. Ella sonríe. Con sus labios rojo fresa y sus ademanes femeninos envueltos en el uniforme represor, ella sonríe. Se atreve a reirse de la furia de la gente.
Es algo bueno que andaba en moto. Es una bendición que e aleje. Porque si de un lado hay comportamiento de pandilla, de mercenarios. De otro lado los ánimos no están como para burlas.
En mi mente el martilleo: ¿De qué se ríen los GNBs? Por qué baila el Presidente? ¿De qué se ríen los victimarios? ?Qué es tan divertido acerca de ejercer el poder con saña, maldad, villanía? ¿Acaso reprimir y torturar es divertido?
Ni siquiera en Tiannanmen.
Ayer. En Altamira. Alguien, a bordo de una tanqueta, decidió que el control del orden público implica pasar con una tonelada -o más o menos- de metal por encima de otro alguien que protesta y sólo te amenaza con molotovs, piedras y la férrea convicción de que estás equivocado.
Durante una hora terrible, pensando que el chico ha muerto, me sumo en un estupor abismal. En un pasmo que casi no me permite respirar. El muchacho sobrevive. Me cuentan que lo arastraron los panas y lo salvaron del horror. Pero la vocación asesina sigue allí, a bordo de una tanqueta, enfundada en un uniforme.
Ni siquiera en Tiannanmen e atrevieron. Ni siqiera en la República Popular China en 1989 la tanqueta, el hombre dentro de la tanqueta, se atrevió, osó pasar por encima de ese manifestante famélico que lo detuvo con dignidad.
La jaula, la enfermedad:
La pancarta que lo resume todo: "Los pájaros que han vivido toda su vida en jaulas creen que volar es una enfermedad"

Un mapa para la Historia

Quienes me conocen bien saben que no soy persona de andar diciéndole a los demás qué hacer o qué dejar de hacer. Creo que esa es una de las razones por las cuales he sido free lance gran parte de mi carrera, luego de pasar por redacciones de periódicos, revistas, radios y televisión. Me resulta muy restrictiva la visión del periodismo estrictamente desde el medio. Me gusta más la libertad de trabajar para diferentes medios y la posibilidad de siempre avanzar en una agenda propia por vocación.
Bajo esa premisa, quisiera detenerme en varias consideraciones sobre el Periodismo actualmente en Venezuela.
El sólo concepto del reportero ciudadano me producía grima. Durante un buen tiempo me resultó la forma más clara de desprofesionalización de nuestro oficio. Luego vinieron las escuelas de Comunicación Social en universidades bolivarianas cuestionables, en las cuales no se le enseñó a muchachos muy jóvenes que la esencia del Periodismo es hacer contrapeso al Poder. Lo lidere quien lo lidere.
Simultáneamente, se produjo la implosión de una serie de medios de comunicación nacionales para doblegarlos a la autocensura o a la genuflexión. Mientras más brillantes y comprometidos los equipos humanos, más placer encontró la Revolución en fragmentarlos. Hubo que migrar a las plataformas digitales y se produjo la explosión de las redes sociales en el país. Eso ha generado una serie de medios con perfiles propios que generan un periodismo dinámico y de una gran diversidad. Por supuesto que también florecieron los medios pro Revolución y la gigantesca máquina propagandística que se sostiene en la idea de que el país está feliz.
Para llevarnos a la indefensión que, como periodistas y como usuarios de medios, vivimos hoy: mientras más brutal la represión en la calle, más bonita la comiquita o telenovela en la televisión nacional.
Pero, el que sale a la calle, -la mayoría de los venezolanos hoy en día, pues quien se queda en casa no come- sabe que el país no está feliz. Sabe que el pan se está usando como arma de control social y la acción libre del hampa también. Y en el breaking point histórico que nos encontramos, el silencio de los medios nacionales de señal abierta, el bloqueo de medios internacionales, la expulsión sistemática de enviados extranjeros y la dificultad de acceder a la información inmediata y fiable, agravan nuestra indefensión como usuarios y ciudadanos. Es aqui donde el silencio, sumado a la desinformación de laboratorios de guerra sucia, se constituyen en el mecanismo perfecto para aislarte y desarticular la protesta ciudadana.
Sigue sin gustarme la figura del reportero ciudadano -soy vieja guardia, old school- pero creo que hay que hacer una valoración más justa de ella. Cada uno de nosotros se ha convertido en testigo de una historia colectiva que merece ser contada desde los detalles mínimos de dimensión humana hasta los datos puros y duros de la reportería diaria.
A lo que me refiero es a que me parece inoportuno, y hasta contraproducente, plantear que sólo los periodistas -contratados en este momento, además- son los que pueden contar esta historia. Creo que no. Esto es mucho más grande. Y planteárselo en esos términos es desconocer la realidad laboral del gremio en nuestros días. Y creo que si todos, -responsablemente, verificando, triangulando-, armamos las piezas de esta historia, tendremos un mapa completo de lo qué pasó y podremos dejarlo como memoria. Contar todas esas historias de ciudadanos anónimos que vencieron el miedo y se enfrentaron a un Estado que decidió no sólo invisibilizarlos sino exterminarlos.
Y esto aplica también para el Fotoperiodismo. Ver la historia que estamos viviendo sólo a través de los lentes de las agencias de noticias y medios grandes sería un error. Hay mucho pasando al mismo tiempo como para que un puñado de fotógrafos extraordinarios pueda cubrirlo todo.
Así que mi postura es, estemos allí todos para contarlo, para hacer este mapa. Puede que esté equivocada. No digo que no, Pero creo que la Historia se cuenta tan bien desde las cartas íntimas de un soldado como desde las primeras páginas de los diarios.

Las trampas

Yo estoy preocupada por algo desde ayer y no sè cómo procesarlo o transmitirlo sin caer en linchamientos 2.0 ni cometer errores de análisis graves en momentos críticos. Sin embargo, siento que si no lo expreso la cifra de muertes puede aumentar por la ingenuidad e impericia de algunos manifestantes.
Ayer cerca de la 1 y media 2 de la tarde se levantò una barricada grande en la Autopista entre El Rosal y el CCCT. Echaron aceite en el pavimento con potecitos de PDV, -no con el barril azul que luego rodaron entre varios-, quemaron unos cauchos de camión y pusieron una guaya o cuerda entre dos de los postes. Es cierto que había muchachos encapuchados que estaban ayudando con los cauchos y el barril pero, tambièn es cierto que había unos hombres adultos con rostro descubierto que también echaron aceite y que luego, asombrosamente para mi, conversaban muy cómodos, tanto con colegas de Prensa como con la PNB.
Cuando se empezó a montar la barricada las cámaras ya estaban listas allí. La PNB no hacía nada. -Los bomberos no hicieron nada hasta las 9 y media de la noche-. Pasó un vehículo oficial, pasó también una ambulancia, y, además, había motorizados tanto de la Op como otros en una actitud que normalmente se asocia a los "colectivos".
La verdad a mi todo me pareció un montaje, una trampa en la que algunos encapuchados inexpertos estuvieron a punto de caer redondos. De hecho, hacia las 6- 6 y media de la tarde vinieron otro lote de muchachos en Resistencia que se preguntaban quién les había armado la barricada. . Esto pasó después del incendio de los vehículos de la Alcaldía debajo del puente cercano al CCCT.
Los vecinos estábamos muy preocupados. Uno de mis vecinos me propuso ir a echar tierra, yo fui sin dudarlo -hoy me duele todo el cuerpo por eso, a veces se me olvida lo de ser mujer-. El chico de Traffic Center me ayudó y eso, si bien no calmó el fuego ni logró cubrir el aceite, al menos aumentó la visibilidad de la barricada.
Mientras el incendio de los vehículos ocurría, los colegas de prensa que estaban listos para fotear y grabar la barricada se mantuvieron allí aunque cualquier instinto periodístico, por mínimo que fuera, te habría llevado hacia el incendio. A mi me pareció raro. Más raro aún cuando supe que había otras barricadas igualitas en distintos puntos de la ciudad. Y, por supuesto, más aún al tener fresca en la memoria la historia de la guaya y el fallecido en 2014 que permitió al gobierno deslegitimar una protesta ciudadana válida.
Les cuento todo esto porque me preocupan los días por venir. me preocupa la inexperiencia de esa vanguardia tira piedras y molotovs que quizás no conoce a consciencia la máquina propagandística del gobierno al que se enfrenta. Y no sé cómo transmitir esta idea.
Es evidente que en la Op hay quienes se tornan violentos. En este país hace rato que perdimos la inocencia y tampoco es que estamos hablando de Santos Niños de Atocha. Pero, honestamente, creo que lo de ayer fue una trampa que no salió bien porque había muchos testigos, porque los vecinos la denunciamos y la saboteamos, porque ya estamos curtidos y porque si bien el argumento era que "la Guardia no pase", qué curioso, la GNB ni se asomó.
Tengo algunas fotos que si algún pana fotoperiodista o reportero me pudiera ayudar a identificar, lo agradeceré.